En un mundo en el cual se valoran cada vez más las recompensas inmediatas, resulta de gran relevancia recordar uno de mis mayores aprendizajes en las montañas: la cima no es lo más importante, es el camino que te lleva a ella lo que realmente forja el carácter, para entonces un día, merecer finalmente estar arriba.

Muchas personas me han preguntado cuánto tiempo pude estar en los 8.848metros de la cima del Monte Everest. Les voy a contar: tengo actualmente 39 años, de los cuales sólo 30 minutos han sido en el punto más alto del planeta, es decir, mucho menos del 0,005% del total de mi vida, apenas un instante, un fugaz momento que ha quedado imborrable en mi mente, no sólo por la impresionante perspectiva que tenía desde aquel punto, sino por todo lo que implicó llegar allá.

El camino que me puso en lo más alto de la Tierra, estuvo repleto de desafíos, anécdotas, personas y momentos de confrontación. Los 43 días que pasaron desde mi salida de Colombia hasta la llegada aquel 24 de mayo a la cima del mundo, fueron apenas el segmento final de un  recorrido que había tomado años para tenerme allí, frente a los picos del Himalaya. La foto que tomé del amanecer a 8.848metros, es un homenaje a ese camino, a los aprendizajes obtenidos mientras daba aquellos pasos, un homenaje a las personas y situaciones que se presentaron en una u otra curva del recorrido para retarme, confrontarme y acompañarme.

Observar las imágenes de la expedición en la que, por primera vez, tres mujeres colombianas alcanzamos la cima del Everest, es recordar 3 aprendizajes valiosos que recibí del camino y los cuales comparto con ustedes:

  • La dificultad es una puerta hacia la posibilidad: eran las 10:30pm del 22 de mayo, yo estaba en campo 3 (C3) a 8.300msnm alistando mi regulador de oxígeno, pues desde esa altura iniciaríamos con el soporte respiratorio. El regulador de repente dejó de funcionar, no teníamos repuesto, yo estaba sola con el sherpa Dorjee Katri y ya debíamos iniciar el ascenso final a la cumbre. Sin poder hacer uso de uno de los dos equipos de oxígeno, tomamos la difícil decisión de no intentar cumbre esa noche, arriesgándonos a perder definitivamente nuestra  oportunidad de ascenso, pues permanecer en la llamada “zona de la muerte”, desgasta el cuerpo de forma continua y no había certeza de si a la siguiente noche, aún tendríamos energía para  intentarlo. Sin embargo, todo lo sucedido hizo que nos quedáramos en C3, lo cual nos dio la posibilidad de asistir a un compañero de la expedición que decidió devolverse desde una altura de 8.400metros pues tenía hipotermia, congelamiento en los dedos de sus pies y agotamiento. En este caso la “dificultad” nos permitió salvar una vida.

    Compañero colombiano que asistimos en Campo 3 (C3) a 8.300msnm.

  • Agradecer hace más placentero el camino: recuerdo cuando llegué al Campo Base (CB) a 5.200msnm. Estando allí pude ver el Everest enorme, hermoso, enigmático y desafiante, ya no estaba más en la página de una revista sino frente a mis ojos, entonces, agradecí por el sólo hecho de poder verlo de cerca, de sentir su aire frío, de observar los yaks pacientes en medio de las nevadas, de disfrutar de un café colombiano a tantos miles de kilómetros de mi casa. Mi principal sentimiento en esta montaña fue la gratitud y con gratitud, fui acompañando cada uno de mis pasos, teniendo presente que llegaría hasta donde la montaña y mi ser me lo permitieran, disfrutando y agradeciendo cada respiración, cada tambaleante paso, cada amanecer y atardecer, cada dificultad e impulso del camino. Agradecer me permitió vivir la humildad, dimensionando todo lo que tenía a mi alrededor y cómo encajaba yo en eso, reconociendo que no había ido a conquistar una cumbre, sino que estaba allí para recibir un regalo muy especial que el universo me había otorgado.

    Campamento base lado norte del Monte Everest a 5.200msnm.

  • Detenerse es válido, el verdadero camino no es una demostración de poder: eran las 5.30am del 24 de mayo de 2007. Mis compañeras y yo estábamos a 8.600msnm en el llamado 2º escalón de la ruta norte del Everest, desde allí pudimos ver lo cerca que estábamos de la cima, ese lugar que tanto habíamos imaginado y visualizado en la etapa de entrenamiento, ese punto que esperaba por nosotras después de tantos años de entrenamiento. La emoción era enorme, la idea de llegar finalmente al lugar más alto del planeta era tentadora, pero algo nos centró nuevamente en lo esencial: la aparición de esos primeros rayos de sol sobre el Himalaya totalmente despejado y un cielo que se desvanecía desde el azul más oscuro para transformarse en tonos de naranja y rosado. Ya no había prisa, ninguna de nosotras tenía afán de escalar para ser la “primera”, sólo sentimos la emoción de detenernos, de dejar para más tarde el “indicador de cumbre” y simplemente centrarnos en la plenitud de aquel amanecer que se nos revelaba, un amanecer que significó para mí, el momento más feliz de toda la Expedición.

    Amanecer en el camino a la cima. Segundo escalón ruta norte del Monte Everest a 8.600msnm.

Dificultad como posibilidad, gratitud en cada momento y un camino con pausas, es lo que recomiendo a todos aquellos que están desafiándose en su propio Everest.

 

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